Hay que estar muy loco, en algún paraje recóndito e indefinible de uno mismo, hay que tener el cielo dividido en ocho, como dice mi hijo, hay que estar verdaderamente rematado para escribir poesía. Yo llevo las aguas contaminadas. Mis aguas están llenas de crujidos y de maderas podridas, de astillas que se van adentrando en el dolor. Más loco, más idiota, más rebuznante me siento aún por pensar que, de esas bestias malheridas, viene algo que amenaza con ser hermoso. ¡Hermoso! ¡Ah, mi pobre bestia de siglos! ¡Pobre bestia acongojada! Yo creo en las voces, ya que no tengo el alma pura del escéptico y me animo a creer en algo tan inasible como una voz que se secó conmigo en un costado del corazón. No una, me corrijo, sino varias, un “enjambre oscuro”, como anotó Lihn. Creo en las voces y en los aires. En las cosas rotas por las que se filtran melancólicas estrofas de otros tiempos (discos rayados, díscolos todavía más rayados), luces llenas de timbres estridentes que un organillo echó a andar en una esquina cualquiera por la que atravesé hace unas horas o por una calle que me vio venir hace unas décadas. Toda sonrisa trae ecos de otros tiempos, de otras veredas, de latidos lejanos (“Prophetic sounds and loud, arise forever/ From us, and from all Ruin…” : si lo dice Poe…). Creo en los tonos, en los chasquidos, en las imágenes delirantes, en los estribillos mal armados, en las sinfonías dulces, en los robots y en los cuadros de Gauguin y de Vuillard, en los ruidos blancos y en los telones de fondo, en las corrientes submarinas y preconscientes y en asociaciones esporádicas y en jadear como un perro, sobre todo en eso creo yo: en jilguerear, en penumbrar, en maullar ronrones, en hacer explotar la caverna cerrada en que estoy atrapado desde que recogí entre mis manos los primeros estruendos. Siento que es necesario olvidarse de hablar y renacer con un dictamen sencillo y feroz, siento que estoy urgido a tanto así desolación, como diciendo en tus propios dientes los carbones, para ser uno mismo el fantasma en que nada cabe ya dentro de sí. No soy yo, es mi poesía, es ella la que cree en las voces y en un caos que va a llegar hasta la orilla y a echarse a dormir en un lenguaje solemne que yo no esperaba. No sé en qué nos parecemos o en qué señal nos distanciamos. No tengo idea y me da lo mismo. Yo soy su pobre bestia de siglos. No me amarren a mástiles por decirlo.

En el fondo hay un río. En el fondo del río están las voces. Eso me dijo Mazinger hace unos años. Mi poesía quiere zambullirse. No siempre se atreve. Quiere tirarse desde la cumbre del despeñadero, pescuezo abajo. Desde la montaña espléndida o desde el arbusto que a nadie deslumbró. Pero también amo el insomnio, las apuestas tardías, las músicas atonales, todo lo que regresa, todo lo que vuelve en mí: me parió el toser hasta romperme los acantilados, porque crecí en los ‘80, así que soy una alimaña bullendo de ruidos la cabeza, como mis camaradas las antenas abiertas frotando el aire, con nuestras imágenes quemadas llenas de libaciones intergalácticas. Así que todo vale, siempre que funcione. ¿Qué trae el río? Es la única pregunta que me hago. Dejo que se rebalse sobre mí o desde mis mares hacia adentro. Que se pudra o que libere su belleza. Que pasen la cinta al revés, que venga el niño monstruo: subiendo las mugres por dentro me oiré mejor.

¿Qué sale del fondo del río, del agua espesa o de la claridad? Visiones, remembranzas, rostros caídos o desencajados, miradas de paso, tanteos, conversaciones prestadas, tardías, felices, falaces, mal hechas o maltrechas, los dolores de Chile, de eso que nombramos Chile, lo que oí hace un rato, lo que nos escribimos con Bárbara o con Lucho o con Dani por Wsp, lo que me convidó el jardinero, palabras traidoras, palabras sanadoras, palabras de otros, palabras con plácidos cuellos que terminan otra vez de imponerse aquí donde estoy tratando de curarme al alma.

No me amarren a los mástiles por decirlo, lo repito. De eso trata mi poesía, mi pobre bestia acongojada.

créditos imagen: Constanza Thiers


RODRIGO ZÚÑIGA

Rodrigo Zúñiga (n. 1974) es poeta, escritor y filósofo. Se ha desempeñado como académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile desde hace veinte años. Ha publicado numerosos ensayos, artículos y libros sobre artes visuales, música y estética contemporánea, tanto en Chile como en el extranjero. Mazinger y otros poemas es su segundo libro de poemas.